Mi abuela, que murió de vieja

sábado § 0

La madrugada del Jueves Santo hacía un puchero y al bacalao le echaba garbanzos y espinacas. Lo cocinaba lento. Luego, se lo llevaba al balcón y lo colocaba encima de la mesa. Garbanzos con bacalao de Jueves Santo, de madrugada, mientras descansas de un paso,  y miras a la gente pasar debajo.

Hacía mucho que no iba a Sevilla un Jueves Santo, de madrugada casi viernes, pero ella, tan oportuna, la pobre, nos hizo volver justo hoy.

Sevilla estaba a rebosar, las calles llenas, las plazas. En la puerta de las iglesias se acumulaba la gente en tropel para ver salir el paso, para verlo entrar. Y los primos orillados delante de la multitud, pidiéndole unas gotitas de cera a los cirios de los nazarenos para hacer la bola más grande, para mezclarla de tantos colores como fuera posible.

Vamos a enterrarla. El cementerio huele a azahar, a cera y a incienso; bacalao y mantilla. El sol pega tan fuerte que los cipreses no dan ni sombra.



Cocinó para todos y sólo ella sabía sacarle ese provecho a un bacalao; pero nunca fue muy oportuna, la pobre. Con él hacía croquetas y albóndigas -¡Hasta veinte croquetas se comía Marta; la bruta de Marta!-. Lo preparaba a la plancha, rebozado o frito, con arroz, con garbanzos, cocido con patatas, medio soso si te dolía la barriga. Pobre abuela: hoy la pobre abuela se ha muerto y vamos a enterrarla hoy.



Vendimos su casa antes de que muriera. La vendimos sin avisarla, sin preguntarle. Ya estaba mayor, decían. Ya no rige y hace falta el dinero para pagar la residencia. La residencia es cara, un hotel de cinco estrellas que huele a residencia y a viejo. Vendimos su piso. Vendimos sus ventanas.

Sus ventanas de par en par sin descanso, a pesar del viento que siempre juró la volvían medio loca. “Cierra la puerta, niña”, que hay corriente, me ordenaba con las manos abiertas sujetándose el peinado y la cabeza porque el viento, decía, la volvía loca.

Iba y venía - no se quedaba quieta un segundo- con esas piernas que jamás se cansaban de tenerla encima. Se acercaba a la ventana y miraba hacia abajo. “Este barrio tiene tanta vida., niña”, repetía, “sólo tengo que abrir la ventana y es como estar en la calle”

Nosotros vendimos sus ventanas al mejor postor antes de que ella muriera. Justo cuando los médicos dijeron que estaba senil, que ya no regía. Y mi hermano le gastaba bromas y le decía que lo habíamos alquilado a una familia numerosísima, que tenía por costumbre vivir con animales de granja y que los sentaba en su sofá precioso. Que las gallinas y los guarrinos también miraban la tele sentados en su sofá precioso. Ella se ponía negra y le preguntaba  “¿No será verdad, Julián?”; Y él se reía… y ella se reía con él porque, al verlo reír, se daba cuenta de que era broma y le llamaba truhán. Cosa que ya no se dice, que se ha perdido.

Carraspeaba y se daban besos. Mi hermano y ella se querían mucho. Ella siempre supo quién era él hasta cuando ya no supo quién era nadie. Hasta cuando ni recordaba que tuvo un piso en Sevilla, donde las ventanas siempre estaban abiertas.
No la lloré casi. No lo suficiente. Apenas se me aguaron los ojos cuando nos colocamos en el altar detrás del féretro, delante. Ahí lloré dos lágrimas de pena cuando la mamá de Juan Ignacio se detuvo a saludarnos. Me emocionó su gesto. Se detuvo, se paró en frente de nosotros, nos miró e inclinó la cabeza en señal de pésame. Yo me emocioné. Me conmovió su gesto. Profundamente. A mi hermano pequeño también le conmovió aquello, también se le aguaron los ojos. Normalmente la gente pasa de largo agachando la cabeza pero la mamá de Juan Ignacio se detuvo y sé que es una imagen que él y yo compartimos. Sé que él también la guarda en su memoria.

Fuera del templo hacía sol, había personas queridas; cantidad de tiempo esperando a que las cosas mejoraran, a que mi madre aceptara la situación, a que se reconciliara con la decisión ajena de no haberla cuidado de cerca, aunque la cuidara de cerca, aunque se fuera minando de culpa por no haberla cuidado en casa. Fuera hacía sol, cansancio, mucha gente querida y se nos olvidó llorarla. Apenas cuatro lágrimas de pena que se enterrarán mañana, en el cementerio de Sevilla, junto a la tumba del abuelo. Sin hacerla polvo se hará polvo sola, como ella quería, aunque no justo en el momento justo que ella habría querido.

Por comodidad, por cansancio, por el sol y la gente, los hijos, los nietos se olvidan de llorarle a su muerta y de cumplir su última voluntad, por caprichosa que fuera.  Qué jaleo, decían, mañana, Sevilla, Jueves Santo: no habrá sitio para aparcar, nadie que nos atienda. Las calles llenas, las plazas. En la puerta de las iglesias, la gente en tropel para ver salir el paso, para verlo entrar.

Fui a comprarme una camisa blanca para el entierro porque a ella no le gustaba que vistiera de negro. Que el luto está demodé, diría. Y de camino a la tienda, de camino de la tienda a casa, al tanatorio... recordé  cómo era ella de valiente y de inoportuna. No lo recuerdo. Recuerdo otras cosas. Recuerdo que se llamaba Eustaquia y que no he conocido a nadie más que se llamara así en toda mi vida.

Mi hermano Julián la llamaba Eus cariñosamente.



El lenguaje ofrece recursos para la restauración de nuestra identidad, de nuestra autoestima, de nuestro bienestar cotidiano, de nuestra intimidad, de nuestro porvenir[1] y no es hasta que hablamos, no es hasta que escribimos, que esto sucede.
Con pensar solo no vale.
Pensar no vale.
Recordar no s i r v e.


Las piernas más bonitas de Guadalajara. Así comenzaba siempre su cuento. A tu abuelo yo ya le gustaba pero fue después del concurso cuando se decidió a invitarme a salir. Es que lo gané ¿sabes? Y luego tuve que pasearme por la calle principal hasta la plaza para que todos pudieran mirarme las piernas. Me aplaudía. No veas tú qué vergüenza (y se cubría la cara con las palmas de las manos, como cuando alguien trataba en vano de hacerle una foto). Es verdad que eran bonitas, todavía lo eran. Aún se veían tersas. No había rastro de heridas, hijos ni varices y las movía con tanta soltura que parecía increíble que tuviera la edad que tenía. Pero como soy una señora, aunque mis piernas sean hermosas, nunca presumo de ellas ni le cuento a nadie lo del concurso. A ti sólo y a los niños. A mis amigas, a veces; a mamá, a los tíos, a tu prima Marta, a tus primos... Pero a nadie más que luego dicen.
Que luego la g e n t e dice.
La gente habla...,
escribe,

para encontrar en el lenguaje recursos que restauren su identidad, su autoestima, su bienestar cotidiano, su intimidad, su porvenir[2].

Tu abuelo, que en paz descanse, aseguraba que eran tan suaves como la seda.









Ahora es la autovía que va de Mérida a Sevilla una carretera idéntica en todos sus tramos. Un no lugar, un tubo que nos tele transporta rápido, más rápido hoy que no tenemos un Dos Caballos, ni un Citroen rojo que se eleva al arrancar. Sin coche fantástico, ahora que tenemos un coche mejor, un coche más cómodo que no hace ruido ni siente la velocidad. Un coche e s p a c i o s o, silencioso, negro, como de ministro, con aire acondicionado y en el que ya nadie fuma.

La autovía nos coloca a su izquierda, con mucho más tiempo que antes para lograr aparcamiento, para encontrar el sitio y encontrarnos con los demás. Ahora el camino no importa. Sólo llegar importa: llegar a tiempo, llegar con tiempo, sin haber vivido el tiempo del camino. Ahora ya no están  los pueblos. Se nos olvidaron.




Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla.




-¿Podemos abrir la capota, papá?
-Un rato.

Un rato, sin cinturón. Agarrados a la barandilla y ver como sale el humo de los cigarros por arriba, como se va pero antes te golpea la cara y te hace fumar, aunque dé asco, aunque seas niño, aunque no debas…

Lento ruidoso calor en verano.

Es verano, vamos de camino a la playa y papá nos deja abrir la capota y asomarnos, agarrados a la barandilla como pajaritos. Cantando fandangos y canciones cochinas; contando los pueblos  que pasan, que dejamos atrás: Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos. Los que aún nos quedan: Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla.; rezando para que no nos maree esta vez la cuesta de La media Fanega. Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla. “Deja a Olallita sentarse delante que se marea”. Y Olallita se marea igual. Se pone blanca y el estómago le da un brinco. Dos brincos y vomita. Siempre acaba vomitando y hay que parar. Papá se enfada pero no es algo que una pueda evitar. Una se marea, se pone blanca, le da un brinco la barriga, le dan dos y vomita. Papá se enfada porque hay que parar.

-Si te aguantas hasta El Ronquillo, paramos allí y nos comemos un bocata de jamón.
-Vale, me aguanto.

Pero no me aguanto y acabo vomitando dentro del coche.



Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla.




Mérida-Sevilla



Viajamos en caravana, en fila india, por la autovía. Seis coches detrás del coche. Fúnebre. Uno detrás del otro. Ella metida en una caja de madera y nosotros en silencio, quizás a paso más lento del habitual. Estamos todos locos y los coches fúnebres respetan las normas de velocidad. Mamá llora, sentada en el asiento del copiloto. Llora un buen rato y luego se duerme. De todas formas, ella nunca hace bien de copiloto en los viajes porque siempre se duerme hasta roncar.

Ahora ronca. Yo nunca se lo digo porque no quiero que pase vergüenza. Sobre todo, no quiero que peleemos por eso, que ya peleamos mucho por otros motivos. La observo dormir y es hermosa aunque ronque[3].

Tanta lágrima le dio sueño y se ha dormido. Papá va serio y aliviado. Cree que el problema se ha disuelto. Que ya no hay problema, que vendrán tiempos mejores. Aunque el duelo sea largo, ya sólo queda el duelo. Queda menos, se dice. En el asiento trasero, en uno de los tres, viajo de una imagen a otra y la veo pelando las uvas: las doce uvas, una a una, antes de que suenen las campanadas. Había que terminar pronto de cenar para que a ella le diera tiempo a quitarle las doce pieles a las doce uvas, con la falda de la camilla sobre las piernas. Creo que nunca se las comía todas. Porque era lentita. Creo que nunca se las metía en la boca a tiempo y, sin embargo, tuvo una existencia feliz. Sus años fueron buenos o eso me creo yo. Eso me parecía.

Tu abuelo, que en paz descanse, aseguraba que eran tan suaves como la seda. Todavía lo son. “Mira, toca”, me pedía. Y se iba comiendo los restos de uva cuando ya todo el mundo se había felicitado el año nuevo.
Ahora mamá se ha despertado y llora de nuevo. Papá está serio.



-          Mira, la pulsera de oro de la abuela.
-          Es muy bonita, mamá.
-          Me la regaló en vida y no me la quito nunca.
-          No te la quitas porque no se puede quitar.
-          Eso mismo.
-          Es muy bonita.



Le doy vueltas a la pulsera de su muñeca y la mezclo con las otras dos. Ella quería oro, plata y cobre y al final fue oro, plata y plata porque no había cobre en la joyería. Le sientan bien. Cuando yo me pongo joyas parezco una niña pequeña disfrazada -un muchachino ruso disfrazado de mamá- pero a ella le sientan bien las pulseras: el oro, la plata y la plata en la muñeca, en el cuello y en los dedos. Ella está bonita con cualquier cosa y, sin embargo, no para de llorar.

- Es que da igual ser bonita, niña. Eso da igual.
- Ya. Ya lo sé.





La abuela era pequeña y estuvo rellena durante mucho tiempo. Luego fue menguado. “La mujer cuando envejece o se amojama o se ajamona”, dice siempre mamá; y ella se fue amojamando. Se quedó como un pajarito, casi sin pelo, con el pelo pegado al cuero cabelludo en sus últimos días. Los anillos se le caían de los dedos, todo le quedaba grande, hasta sus batas, hasta las zapatillas. Porque el pie adelgaza. Los pies también adelgazan y se quedan flacos. Hasta los dientes se le caían.

Mi abuela me decía a veces, cuando no había nadie más delante: Mira qué pena, niña, qué penita de pechos que me llegan a la barriga. Con lo altos que los tuve siempre y lo bien puestos y lo hermosos que eran. Mira cómo se caen. Qué pena”.

Y una se enreda y se pone a pensar que nunca aprenderá dónde está el guión de diálogo en el teclado, el guión largo: cuál era la combinación dichosa que siempre olvida, que nunca recuerda si no se la recuerda ese alguien que ya no está tampoco, que también se ha ido. A una le da por pensar en esas tonterías y así no se da cuenta de que a ella también se le cae el pecho -de que la gente se va-, de que ya no es tan firme ni está tan bien puesto como solía. Que el tiempo pasa; Que nos hacemos viejos y nos morimos.




-          No habléis de esas cosas, por favor os lo pido.

-          ¿Y por qué no? Si es de lo más natural.

-          Pero de esas cosas no se habla, niña.

-          Ya bueno, pero es que yo quiero que me incineren, que quede claro. Que os quede claro.

-          Qué te incineren y te tiren ¿dónde? ¿al mar?

-          Al mar o sobre la hierba, no importa.

-          Pues sí que importa. El otro día, en la playa, me quedé sorprendida. Estaba paseando con papá y vi -¿a que sí?- a un grupo de hombres enchaquetados que se acercaron a la orilla y tiraron las cenizas de un muerto. Las cenizas que tiraron se quedaron en la orilla dando vueltas. Qué barbaridad, así está el mar de sucio, que no hay quien se bañe, lleno de muertos.

-          Ay, mamá, qué cosas dices.

-          Ya puestos, yo quiero que me entierren junto a la tumba de papá, que se morirá antes el pobre.




-          Ay, la pulsera de oro de la abuela. Mira.
-          Es muy bonita, mamá.
-          Me la regaló en vida y no me la quito nunca.
-          No te la quitas porque no se puede quitar.
-          Eso mismo.
-          Es muy bonita, mamá. Tú eres muy bonita, mamá.



Mamá se ha calmado y va mirando por la ventana. Papá le dice que, cuando volvamos de Sevilla, harán las maletas para irse unos días a la playa y descansar. Ella asiente pero no la veo yo muy convencida. No la veo.

A papá le gusta irse a la playa. Creo que el pensarse allí le proporciona una imagen de sosiego que ningún otro lugar. Igual por eso siempre vamos.

De chicos veraneábamos en la playa, en la playa pero no justo en ésa, en otra o en otra diferente. Los abuelos alquilaban el apartamento con nosotros. Los abuelos pagaban el apartamento por nosotros y nos quedábamos en el lugar un mes, a veces dos, con suerte dos y medio. El abuelo nos llevaba al bosque para jugar, Julián se echaba amigos portugueses que se llamaban Pedro; y Anselmo era tan pequeño que no hacía nada interesante. La abuela hablaba. La abuela hablaba mucho, ¿no, mamá?
- No tanto.
- Sí que hablaba, ¿no te acuerdas?

Hablaba muchísimo.



Le encantaba hablar y hablar y estar en el medio de todas las conversaciones y no le podía dar el sol en la cabeza, ni en la cara. Se cubría con un pañuelo o permanecía debajo de la sombrilla toda la mañana. Por la tarde sacaba un poco las piernas pero, a esas horas, ya no pegaba. Por eso es que no tenía una arruga ¿verdad? Se cuidaba: la abuela se cuidaba un montón. Era más presumida que un ratón encima de un queso.

Solíamos llegar temprano y nos instalábamos cerca de los ingleses. La marea estaba tan baja que la arena ocupaba todo el espacio y arrinconaba al mar hasta avanzada la mañana. Julián y yo escarbábamos un hoyo cerca de donde rompían las olas. Cuando atracaban en la orilla, se salían por el agujero y nos hacían mover las manos aprisa para cavar hondo y con fuerza: porque el agua esponja la tierra y la hace barro. Se multiplicaba por mil, pesaba y Julián se reía. Todas las mañanas jugábamos a escarbar el mismo hoyo. Urdíamos la trampa a un tobillo despistado, pero nunca era hondo suficiente y casi nunca secaba a tiempo.

Luego Rosarito venía con ciruelas negras para reponer fuerzas; que el sol cansa mucho, decía. Allí nos comíamos las ciruelas con gusto, mirando al mar y a las muchachas, que se acariciaban el pelo con limón para ponerse rubias unas a otras.
Y por la noche, soñábamo, como hace papá ahora agarrado al volante. Dirigiendo la marcha fúnebre, se adelantó sin darse cuenta.

- La abuela tenía una enfermedad en la piel y el médico le dijo que no le podía dar el sol pero hablar, hablar, yo no recuerdo que hablara tanto.

- Yo a ti te quiero de verdad, cosina mía.

Carretera,
Carretera y media:
Larga, estrecha e infinita.
En la c a r r e t e r a,
en el camino.


La abuela decía: “Oye, la niña tiene ropa interior de cabaretera”, y la miraba con asombro desde todas las perspectivas posibles.
-¿Hay qué tender, Rosario?


-Sí, mamá.


Aunque no hubiera se inventaba, porque no había cosa que le gustara más en el mundo que tender la ropa. Se tiraba horas. En Sevilla avisaba: “Me subo a la azotea”. En Mérida se bajaba al patio y estaba horas. Tendía la ropa con una maña que luego no había ni que plancharla. Tras recogerla, iba derechita al cajón o la percha, como recién salida del horno.

Así estaba un rato entretenida, como con los niños, como con los perros cuando no le dejan tranquilo a uno, como cuando uno tiene la cabeza como un bombo y quiere que le dejen solo un rato. Pero ella hablaba a voces desde el patio aunque nadie la oyera. Y si nadie la oía gritaba:  “La niña tiene ropa interior de cabaretera”, y se enteraban todos los vecinos.

Si aún así nadie contestaba porque no había nada que contestar, subía a buscarte. Te buscaba por la casa entera y hasta aporreaba la puerta del baño para ver qué hacías.
- ¿Qué haces ahí tanto tiempo?

- Nada. Ya salgo.

 Que ya te he oído. Te ha oído todo el pueblo; que la niña tiene ropa interior de cabaretera ¿y qué hacemos? ¿La meto interna en un colegio de monjas? Si ya estuvo y no sirvió de nada.







¿Cómo es que tienes tanta energía y la lengua tan larga, abuela?

- No, si yo no digo nada. A mí qué más me da.
- Ven, que te pongo la misa en la tele y rezamos por ella.



Tomerremejía, Almendralejo,



¡Cómo me quería, chiquilla! Le tenía loquito de amor. Se levantaba con una sonrisa en la boca todas las mañanas, sólo de pensar que al otro lado de la cama estaba yo acurrucada. Y lo primero que hacía, nada más abrir los ojos, era darme un beso y acariciarme las nalgas. Como la seda: decía que mis piernas eran tan suaves como la seda y mientras pasaba los dedos por encima. Luego se afeitaba y yo le preparaba el desayuno. Le hacía tostadas con aceite y sal o migas; a veces le cortaba un pedazo de bizcocho si la noche antes se me había apetecido hacerlo en el horno. Cualquiera de esas cosas con una buena taza de café con leche. Con mucha leche, que a él le gustaba con mucha leche y dos cucharaditas de azúcar. Comía con gusto y a continuación se ponía su camisa blanca, los pantalones gris marengo y la chaqueta que le arregló Margarita y que le sentaba de miedo. Siempre se despedía con un beso de amor hasta ocho horas después.

Cuando volvía por la tarde, sobre las siete de la tarde, yo ya estaba de punta en blanco asomada en el balcón para recibirle. Él subía las escaleras ligero, me cogía de la cintura y me abrazaba tan fuerte que tenía que apartarlo, no me fuera a arrugar el vestido. Dejaba el maletín en el suelo, me agarraba la mano y salíamos a pasear antes de que anocheciera.

Me gustaba, sobre todo, salir a caminar en primavera cuando todavía no hacía mucho calor en la calle y nos comprábamos los primeros helados del año. Si no había de leche merengada en la heladería de la esquina, él era capaz de recorrerse todo el barrio hasta encontrarlos. Compraba dos: uno en tarrina con chocolate por encima y otro puro, dos bolas y cucurucho. A veces caminábamos comiendo esos helados hasta cruzar el puente y luego volvíamos a casa por el otro lado. Otras veces no comíamos helado e íbamos a buscar a Manuel a la salida de la Universidad para tomarnos con él una cerveza en el bar de Paca. Una cerveza y un serranito. “Yo con el serranito ya he cenado”, le decía y él se sonreía y me susurraba al oído “es que tú comes como un pajarito”. Después volvíamos a casa en silencio cogidos de la mano, respirando el fresquito de la noche. Al llegar era él quien preparaba la cena, quien la calentaba un poco si había sobras del medio día y nos sentábamos en el salón con la radio puesta. Cenaba deprisa para tener aún un rato conmigo antes de acosarse. Entonces, apartaba la bandeja a un lado, se liaba un cigarrillo y lo fumábamos a medias tendidos en el sofá: él debajo y yo recostada sobre su pecho.
Siempre me decía lo ricas que estaban las croquetas que había hecho, lo bien que olían las macetas del balcón, lo suave que tenía las piernas,” ¿Cómo haces?”, me preguntaba, “si son como la seda”. Ay, niña, loquito de amor lo tenía.
Una hora después nos acostábamos. Si yo quería jaleo sólo tenía que enseñarle la combinación y a veces ni eso; pero si me la enseñaba, entonces, caía rendido. Había noches, ya mucho tiempo después de habernos casado, que ni dormíamos. La verdad, éramos tan felices que ni dormíamos, tan felices que me da vergüenza contarte.

- Niña, ¿tú te acuerdas de tu abuelo?



Hace calor.
Abro la ventana del coche y dejo que me de el viento en la cara. El aire la refresca. Cierro los ojos y me recuerdo en el balcón de casa de los abuelos con apenas seis años y las manos agarradas a los barrotes de la verja. Cómo pegaba el aire en las esquinas que hasta tenía que cerrar los ojos. Cómo se metía entre la forja y le movía las capas del tutú. En esos días, la niña era siempre princesa.

- Entra, niña, no te vayas a caer- le mandaba su abuela.

La niña entraba obediente en el salón, se sentaba en el sofá delante de la mesa de camilla y miraba al abuelo leer y escuchar la radio.
El abuelo, a veces, levantaba la vista del libro y le sonreía.

- Cateta- le decía de broma- Eres una cateta que te has ido a vivir a un pueblo.
- Yo no soy cateta- le contestaba frunciendo el ceño.
- Sí, cateta, bonita cateta.
- Que no.


Después de esa breve conversación y las dos sonrisas, él volvía con Hemingway y la niña se comía las galletas que su abuela le había dejado sobre la mesa, sin que ella se hubiera dado ni cuenta. El aire de la calle le llegaba un poco al perfil y le acercaba el pelo a la boca. La niña se lo soplaba de encima antes de darle un bocado al dulce.



-Di, ¿tú te acuerdas de tu abuelo?[4]




Guadalajara en el llano
Méjico en una laguna
Guadalajara en el llano
Méjico en una laguna

donde se lavan las feas
donde se lavan las feas
donde se lavan las feas
Porque guapa no hay ninguna[5].




Eustaquia De Miguel murió la madrugada de un miércoles de abril como un pajarito. Se quedó como un pajarito. Se quedó dormida como un pajarito viejo y después murió.

 

La canción seguía:
Ya se secó el arbolito
donde dormía el pavo real
ya se secó el arbolito
donde dormía el pavo real.
Y ahora dormirá en el suelo
y ahora dormirá en el suelo
y ahora dormirá en el suelo
como cualquier animal.


Papá comenzaba y nosotros le seguíamos bajito; luego más alto. A veces hasta mamá cantaba aunque reconocía que no tenía oído. “Que Dios te conserve la vista, madre” -le decía papá-, porque lo que es  el oído...

La abuela murió metida en la camita de la residencia de ancianos. Mamá no estaba y yo tampoco. Llamaron por teléfono y fuimos a verla. Tenían su ropa guardada en bolsas de basura. Dos bolsas grandes llenas de combinaciones y camisas y lanitas que escondimos para que mamá no las viera. Mamá no las vio aunque las tuvo delante. Que Dios le conserve el oído...



Guadalajara en el llano
Méjico en una laguna
Guadalajara en el llano
Méjico en una laguna

donde se lavan las feas
donde se lavan las feas
donde se lavan las feas,
porque guapa no hay ninguna.


Ya se secó el arbolito
donde dormía el pavo real
ya se secó el arbolito
donde dormía el pavo real.

Y ahora dormirá en el suelo
y ahora dormirá en el suelo
y ahora dormirá en el suelo
como cualquier animal.[6]

 

 

Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla

Cuando lleguemos a Santa Olalla estaremos a mitad de camino, más cerca del fin que del principio. La señal será el nombre del pueblo pintado en un azulejo sobre la pared. El nombre del pueblo en blanco con el fondo en azul oscuro. La información, desde donde nosotros venimos, nos llegará de frente, clara, y ya sabremos que estamos a medio trayecto entre el punto de salida y de llegada.
¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨ 99,5km (una hora y pico más).
Aunque aún no. Aún no hemos llegado a Santa Olalla. Todavía queda un rato para estar a mitad de camino, más cerca del fin que del principio.

-          ¿Puedes subir la ventana de atrás que hace corriente?- me pide mamá.

-     Sí, ya voy- le contesto.

 

 

En el coche nuevo de papá no hay que girar la manivela, con pulsar un botoncito ya sube solo el cristal. Pero a veces no entiende, sube hasta arriba y luego vuelve a bajar aunque tú lo hayas pulsado una vez. Así que le das de nuevo al botón y sube hasta la mitad. Vuelves a darle y baja del todo.


- Olalla, ¿puedes subir la ventanilla que hace corriente, por favor?- pregunta mamá.
- Sí.



Entonces vuelvo a pulsar y sube hasta el tope. Con suerte allí se queda y ya no hay corriente.


El aire se estanca y lo respiramos.





Si mamá no mira o se duerme, yo, a pesar de la hazaña que supuso, la vuelvo abrir un poco. Una rajita sólo para que entre aire nuevo; para que salga el gastado. Si uno no se entera no se enfada, no le molesta. Si uno no sabe, el otro olvida que en un punto le quiso menos y nada malo ha pasado.


En el coche nuevo de papá no hay que girar la manivela, con pulsar un botoncito ya sube solo el cristal. Pero a veces no entiende, sube hasta arriba y luego vuelve a bajar aunque tú lo hayas pulsado una vez. Así que le das de nuevo al botón y sube hasta la mitad. Vuelves a darle y baja del todo.


Mamá está despierta. Mamá está dormida. Mamá está sonámbula pero no se mueve.



La hora de la siesta, en nuestra casa de Mérida, era mucho más larga que una hora: dura casi dos. Papá se pone el pijama, mamá se duerme en el sofá de la salita; los niños suben o bajan al estudio si no hay sueño pero a veces nos vamos los tres al salón y ocupamos todos los asientos, ponemos una peli rollo y nos dormimos también. La abuela siempre se queda sentadita en sillón justo al lado de mamá pero duerme muy poco. Después de un rato se levanta y deambula por la casa, se asoma a todas las habitaciones por si hay alguien despierto. Ella desea que haya alguien despierto y si no lo hay relata. “¿Será posible? Está todo el mundo dormido”, se dice - nos dice-. “Hazte la dormida” - me aconseja Julián-; y yo me hago la dormida mientras ella relata: “Todo el mundo está dormido, ay”. Porque ella quiere hablar, quiere que le contemos cosas y opinar al respecto; quiere sentarse tiesita a nuestro lado y cubrirse las piernas con la falta de la camilla. Quiere que le subamos el volumen a la tele porque no oye bien y quiere besos.




Julián cierra los ojos tan fuerte que se sabe que está despierto y no dormido. Yo lo sé porque abro un ojo para mirarle y me río. “Hazte la dormida, bicho,”- me dice- “corre que viene”. Y se escuchan sus pasitos arrastrados, se la ve tiesita asomándose a la puerta y diciéndonos a gritos “Todo el mundo está dormido ¿Y qué hago yo, que estoy despierta?”  Espero. Espera, abuela, un rato.
Esperemos.

 

-Venga, pesada, siéntate aquí. Que con esas voces ya no se puede dormir más.

Julián se incorpora, ocupa uno de los asientos del sofá y le hace sitio a la vieja. Deja que se siente y le cubre las piernas con la falda de la camilla. “¿Está encendido el brasero?”- pregunta ella. Aunque note que está caliente, siempre pregunta a modo de aviso: No se te ocurra levantar las piernas con la saya encima que se va el aire..
Si por despiste o cambio de postura, alguien levanta o mueve siquiera las piernas: las descruza y vuelve a cruzar en sentido contrario…. Ella repite “¿Está encendido el brasero? Es que no da calor este brasero. Debe estar roto.”







Con el tiempo dejó de moverse tanto, de hablar tanto y de dar la murga. Al final casi ni daba la murga, casi ni se levantaba de la cama, casi ni te veía. Sólo pedía besos; sólo quería cariño, como todos al final.
Hasta los dientes se le caían.
Con el tiempo, dejó de venir los domingos a casa, de no dormir la siesta y de repetir sin pausa “Están todos dormido, ay” hasta que ya no estábamos dormidos nunca más.



-¿Mamá, te acuerdas cuando la abuela me pedía que le quitara la barba?
- Vaya,  sí.




Entera la mañana del domingo con las pinzas en la mano a ver si me pillaba en un renuncio y la atendía un rato, a ver si le quitaba los pelos de la barba. Qué presumida. Y Julián que se paraba justo en el marco de la puerta de la salita y se reía de ella y la chinchaba; y ella que se enfadaba con él de broma, siempre se enfadaba de broma y me decía “Niña, sigue” y yo que seguía pelo a pelo, sacándole cada una de las canas de la carita.

Después se pasaba la mano por encima para comprobar que lo había hecho bien y si encontraba uno suelto lo señalaba con el dedo. “Te dejaste uno aquí”, me decía. Carraspeaba, tendía la ropa, rezaba la misa de la tele, daba la murga y pedía conversación pero sobre todo cariño, como todos al final.

Como Julián lo sabía, le daba besos y la hacía reír. Ella pelaba las naranjas tan lento que parecía que nunca fuera a morirse.

 


Villafranca




Fuente de Cantos


El abuelo, a veces, levantaba la vista del libro y le sonreía.


-Cateta- le decía de broma- Eres una cateta que te has ido a vivir a un pueblo.




-¿Pero tú has visto lo bonita que es Extremadura? ¿Te acuerdas, abuelo,
de cuando te perdiste con papá subiendo al castillo y el vino hizo efecto
y te emborrachaste y te perdiste y no te encontrábamos?

¿Recuerdas lo bonita que es Extremadura?

 

Ahora es la autovía que va de Mérida a Sevilla un no lugar, un tubo que nos teletransporta rápido, más rápido hoy que no tenemos un Dos Caballos, ni un Citroen rojo que se eleva al arrancar. Sin coche fantástico, ahora que tenemos un coche mejor, un coche más cómodo que no hace ningún ruido.




Ella me decía,
ya se sabe: pensar y hacer no son la misma cosa. Uno puede pensar “Yo a ese hombre lo mataba” y no hacerlo; o puede pensarlo, ejecutarlo y luego confesar que lo hizo e ir a la cárcel de puro arrepentimiento. En realidad, se pueden dar tres pasos en el proceso: puedes pensarlo, decirlo y, al final, si te quedan ganas, llevarlo a cabo.
La mayoría de las veces, sólo lo pensamos [me comería un bombón]. Pero si le decimos a alguien “oye, tú me gustas”, estamos buscando una reacción en esa persona. Queremos que asienta, que nos invite a comprarlo o incluso que vaya a la pastelería y nos ofrezca el más delicioso de todos. Luego, incluso, uno puede comérselo y ya ha dado los tres pasos. Fin.
Se puede pensar [me voy}, luego decir “ya me voy” y no irse nunca porque cuesta mucho, porque la conversación, justo después de decirlo, se puso interesante, porque, de pronto, empezó a llover y decidimos esperar a que escampara...o porque simplemente decidimos esperar a ver si algo cambia,
si escampa y
cambia algo,
si sale el sol.

El leguaje ofrece recursos para la restauración de nuestra identidad, de nuestra autoestima, de nuestro bienestar cotidiano, de nuestra intimidad, de nuestro porvenir[7].  Decir algo, escribirlo, cantarlo, recitarlo implica necesariamente la presencia de alguien más que escucha y lee. Por eso cuando afirmamos en voz alta “mañana voy a dejar de fumar”, establecemos un compromiso con la futura acción, buscamos la presencia de un testigo que nos “obligue”, al menos por vergüenza, a cumplir con lo acordado.
A veces se dice demasiado, no queriendo decir justo eso. A mí me pasa. Pienso en decir algo, lo digo y luego, no llega al otro como yo quería. De la reacción, en este caso, ni hablamos. Qué sé yo, es difícil manejar las palabras. No todo el mundo nace poeta.
Decir lo que uno piensa,
abuela,
callar lo que uno piensa,
no actuar de acuerdo a lo que  lo que uno piensa                        son decisiones propias.
Pensar no, el pensamiento va distinto: se instala en la cabeza y ahí no hay casi nada que hacer. Pero qué pena, ¿verdad, niña?
Así, quien ama la palabra –quien sabe como usarla- provoca una reacción física en a quien va dirigida. A veces no hace falta que uno se desplace para lograr su objetivo y con sólo pensar [ ojalá ella volviera a casa] , decir (...)
¡Si supieras cuánto, cuánto
la casa y yo te queremos! (…)
Nunca podría decirte
todo lo que te queremos:
es como un montón de estrellas
todo lo que te queremos.[8]

y esperar... Puede que  recapacite, vuelva a casa y hagamos el amor.
Ya me contarás  si uno vuelve a casa o no, después de que alguien le diga algo así.


 



Mamá, ¿tuvo la abuela muchos novios?
..... Mamá ¿me oyes?...., mamá.

 

No creo que ella tuviera más novios que el abuelo, la verdad. Se conocieron jóvenes -ambos eran de Sigüenza-; se hicieron novios jóvenes y se casaron después de la guerra. El abuelo tenía el carné de comunista y casi lo matan ¿sabes?

-Sí.
-Estuvo pasándoles comida a compañeros en la cárcel y casi lo matan al pobre.
-Sí, lo sé.

هاکه دíاس قوه اúن اس   me pedía que escondiera el carné bien no fuera que la guardia civil lo encontrara. No hace mucho que todavía me susurraba al oído si es que creía contarme algo يمبورتانتي، por si alguien la oía. La vejez es desconfiada.


¿Te acuerdas que se volvió medio loca cuando no encontraba la mantelería de Siria?
Luego se fueron a vivir a El Cairo y luego la abuela se vino antes con nosotros porque estalló la guerra
Sí.
La guerra de los seis días
Sí.




-¿Y de qué tuvo sífilis la abuela a los noventa y pico?
-No la tuvo.




Sí la tuvo, no la tuvo. Estaba dormida y se despertó por un amante, por dos, por ningún amante; porque no era sífilis, era otra cosa que no se sabe qué es pero que ya no le hace daño porque su cuerpo va lento y es sabio. Su cuerpo es fuerte porque comía los tomates directitos de la mata, porque no tuvo madre; porque se crió en el campo, porque siempre trabajó y le gustaba la gente; y le gustaba hablarle a la gente, demasiado.


Nunca comió pajaritos porque de niña los vio hurgando entre cacas y casi se muere del asco pero no, no murió entonces, murió ahora de vieja y hoy la vamos a enterrar. En eso يستاموس؛


; en el camino, en la carretera.





Hacía tanto calor que me la pasaba abanicándome sentada al borde de la cama. Me la pasaba sudando y abanicándome.

-¿Qué haría ella en El Cairo? ¿Qué haría mamá en El Cairo?
-No se sabe.
-Se sabe lo que hacía el tío Anselmo y poco más.

-Mamá, ¿estás despierta?
-Sí, hija.
-¿Te gustó vivir en El Cairo?
-Mucho.
-¿Por qué?
-Porque vivíamos muy bien.
-¿Fuiste feliz, mamá?



Luego estaba ese anciano que se detenía siempre en el rellano de la escalera al verla; se quitaba el sombrero y le decía: “Es usted una señora”. A ella le encantaba esa frase y la repetía mil veces a lo largo del día, si es que ese día se había encontrado con él en la escalera por azar, por suerte, por casualidad. El viejito, al que yo nunca vi pero que forma parte de mi imaginario desde entonces, viste, como el abuelo, una de esas camisetas interiores bajo la camisa...
Como el abuelo,
Como el Stanley de Un tranvía llamado Deseo.



Aunque yo a este señor de mi abuela me lo imaginé siempre gordito y no muy alto. Un amante secreto de vejez, gordito y no muy alto que la llamaba señora y la hacía feliz aunque le pegara la sífilis.
Abran sus apuestas.



Yo creo que fue el vecino, yo creo que no. Yo creo que sí. Yo creo que la tenía dormida y se le despertó, a veces pasa pero ¿tan vieja? ¿Sería el abuelo?

En cualquier caso es tan romántico tener una enfermedad tan antigua...
¿Ella lo sabes? No
ella
no lo sabe ni lo sabrá.


Qué extraño, la sífilis, qué extraño ¿no?                        No se lo diremos nunca.


No la tuvo.


Al final casi ni la desarrolló. Su cuerpo era fuerte porque comía los tomates directitos de la mata, porque no tuvo madre; porque se crió en el campo, porque siempre trabajó y le gustaba la gente; y le gustaba hablarle a la gente, demasiado.







No se lo diremos nuca, ella no tiene por qué enterarse.

 







-¿Me ayudas a liar las croquetas, niña?


-Sí, abuela.






Haremos muchas que hoy viene Marta a cenar. A ella le encantan mis croquetas ¿sabes? Puede comerse veinte de una sentada.

-Mamá, ¿todas las abuelas cocinan bien?

-Supongo.

-La abuela lo hacía.





Nuestro primer coche con entrada de casete fue un Citroen. Cuando papá se compró el Citroen rojo ya casi no cantábamos ni recitábamos poemas.



¿Papá?              (¿Qué?)       ¿Puedes poner esta cinta?


Lo preguntaba con miedo, se la pasaba aguantando el aire dentro y cantaba bajito, una vez puesta la cinta, para que percibiera mi entusiasmo contenido y no decidiera quitarla nunca. Si no la quitaba cantábamos todos sobre la música y las voces. A veces también mamá se animaba.

A la abuela jamás la escuché cantar. Hablaba demasiado como para tener más tiempo para nada más. La abuela relataba y cuando estaba sola le hablaba al abuelo. Le hablaba porque creía que él la escuchaba, porque estaba en el cielo y la escuchaba desde allí.

Y en realidad, daba igual que estuviera en el cielo o en salón, él nunca contestaba y ella hablaba sola todo el rato. Nunca le molestó: hablar era para ella una suerte de camino hasta llegar la noche. Hablar era estar más cerca de todo. Hablar era curarse.







Cuando llegaba el estribillo, cantábamos a coro.


 

A Papá le encanta comer. Come con placer y en abundancia desde chico. Todas las penas se le quitan comiendo y está radiante en la mesa. Le sienta bien comer rico. De hecho, sólo come rico, como las comidas ricas que hacía la abuela. La abuela cocinaba tan bien…  Pienso que la clave está en los rituales, en la paciencia, en saber que nada muy bueno sale en poco tiempo. Que hasta los tomates que ella se comía directitos de la mata tardaron en crecer y estar sabrosos.


Él siempre la trató de usted y a mí ella me llamaba niña.



Cuando recién llegó a la residencia, que ya empezaba a perder la memoria, se hizo amiga de una chica joven, la más joven de la residencia, que ella siempre elegía a las más jóvenes como compañía; que todo se pega, decía. La pobre Matilde era joven pero había perdido la cabeza. Ambas perdieron la cabeza, la memoria., que es perder la cabeza en verdad; aunque recordándolas de cerca, me atrevería a afirmar que mi abuela, a sus noventa, estaba un poco mejor que la pobre Matilde.

A Matilde se le perdía el bolso por las mañanas y las dos se pasaban el día cogidas del brazo buscando el dichoso bolso de Matilde por todos lados. Entretenidas, se olvidaban de comer y se olvidaban de lo que habían comido. Vaya personaje Matilde. Vaya dos.



Cuando íbamos a verla por la tarde, mi abuela llegaba con Matilde del brazo (fueron inseparables hasta que Matilde murió) y nos la presentaba. Nos la presentaba siempre y Matilde volvía a decirle siempre a mi abuela: “Vaya nietos tan guapos que tienes”, todas las tardes. Y ella asentía todas también, como de nuevas.

Mi hermano Anselmo, que odia el drama y es guapo como él solo, les decía de broma: “A ver, señoras, la pregunta del millón ¿Qué habéis comido hoy?” Y se reían las dos a carcajada limpia porque no tenían la menor idea de qué habían comido ese día. Enseguida empezaba a relatar a boleo... “Ay, madre: verduras, me parece, lentejas, ¿no Matilde?, puré...

-Ay, que mala leche tiene tu nieto, Eustaquia… Pero ¡qué mala leche, por Dios!

Se reían los tres porque ninguna de las dos se acordaba ni remotamente de lo que había comido ese día y, sin embargo, ambas miraban a su infancia con una claridad cegadora.

 

Cuando Matilde murió la abuela se acordó un día pero luego, en poco tiempo, era como si Matilde nunca hubiera estado en su vida. Es curioso como selecciona la memoria los recuerdos para no sufrir cuando ya no lo mereces.

 

Mi hermano Anselmo tiene una capa densa de pelo negro que le cubre el pecho y se asoma para coger aire por encima de su camisa. Es tan masculino Anselmo -tan varonil- que cualquiera diría que cuando era pequeño y paseaba con mi madre por la calle, le confundían -por lo bonito- con una niña. “Qué muñeca”, le decían y él respondía enfadadísimo con apenas tres años: “Que soy un niño”. Pero nadie le entendía porque hablaba fatal, el pobre, con su lengua de trapo; y ni mamá sabía lo que decía a veces. Ni siquiera cuando se enfadaba, que sucedía muy a menudo[9].


Anselmo conduce el coche que va detrás del de papá. Julián va de copiloto y seguramente irá dormido. Seguramente vaya hasta roncando porque es el peor copiloto de la historia.

Anselmo irá serio, fumándose un cigarro al lado de Julián dormido. Me gustaría cambiarme de coche un rato y fumarme un cigarrito con ellos. Papá no deja que fumemos aquí porque él ya no fuma y hace bien.

 


 

Viajamos en caravana. Ella metida en una caja de madera y nosotros en silencio, quizás a paso más lento del habitual. Estamos todos locos y los coches fúnebres respetan las normas de velocidad.

Mamá llora, sentada en el asiento del copiloto. Llora un buen rato y luego se duerme.
 
 Anselmo conduce el coche que va detrás del de papá. Julián va de copiloto y seguramente irá dormido. Seguramente vaya hasta roncando porque es el peor copiloto de la historia.

Anselmo irá serio, fumándose un cigarro al lado de Julián dormido. Me gustaría cambiarme de coche un rato y fumarme un cigarrito con ellos. Papá no deja que fumemos aquí porque él ya no fuma y hace bien.






Calzadilla

Monesterio






Cuando lleguemos a Santa Olalla estaremos a mitad de camino, más cerca del fin que del principio. La señal será el nombre del pueblo pintado en un azulejo sobre la pared. El nombre del pueblo en blanco con el fondo en azul oscuro. La información, desde donde nosotros venimos, nos llegará de frente, clara, y ya sabremos que estamos a medio trayecto entre el punto de salida y de llegada.

 

 

-¿Puedes subir la ventana de atrás que hace corriente?- me pide mamá.


- Es que tengo calor, mamá;
en un rato la subo, ¿vale?



Al final, después de mucho insistir, Julián acabó convenciendo a la abuela de que mi hermano Anselmo no era mi hermano Anselmo sino el tal Epifanio que ella siempre dijo que tanto se le parecía y que, en verdad, no se le parecía nada. De modo que los penúltimos domingos, sentada en el sillón de la salita, se la pasaba entre contenta y sorprendida cada vez que veía pasar a mi Anselmo por allí. Justo cuando éste se acercaba a la puerta, de camino desde la cocina al salón, acompañado de un grito de mi made que decía “vais a gastar la nevera de tanto abrirla y cerrarla”, Julián le daba suavecito con el codo, la abuela se fijaba, daba un brinco y se incorporaba. “Epifanio”, le llamaba de un grito. “Dios mío, cuánto tiempo sin verle.”


Anselmo al principio se sonreía aunque nunca le hizo mucha gracia. Cuando caía la tarde tenía un cabreo que mataba a alguien. Julián decía que estaba intentando que la abuela se olvidara de todo el mundo menos de él para cobrar la herencia; por eso la convencía de que nadie era quién ella creía excepto él.


Pobre mi abuela pobre. Pobre Anselmo. Epifanio.
Ay, Julián, qué malo; qué risa.


Ella no se olvidó de nadie y supo de dónde venía cada uno de los besos desde la última cama.

 

-Papá ¿queda mucho? 
-Mitad del camino, madre, mitad del camino.



Epifanio en cambio era menudo de carne y hueso. Epifanio era tan pequeño como lo era mi abuela, como lo soy yo, como Lázaro. Epifanio no se  parecía a Anselmo; se  parecía a Lázaro, el hermano mayor de la abuela.


 

A veces las cartas decían: Te quiero mucho. Pienso en ti a menudo. En los libros las palabras eran:
Qué bonita eres, qué ojazos; qué piernas.




Tienes razón, pienso en ti a menudo

-¿Quieres? ¿La ves?

Te amo

Te amo

 Eso era:

Te amo


No te veo, solo te oigo, y ¿mejor, no?

Sí.



A veces encontraba cartas de amor en los cajones, entre los papeles, en los bolsillos de la rebeca, bajo el suelo. A veces era un amor escondido, a veces proclamado,
a los cuatro vientos.

Su letra de niña grande, su letra imperfecta de niña. Su letra es hoy como la de cualquiera.

Ya nadie escribe como antes.






Mamá, ¿tuvo la abuela muchos novios?

..... Mamá ¿me oyes?...., mamá.

-Creo que se ha dormido un ratino, déjala que descanse.





 
 
 
La abuela murió una hora después de irme a casa. Yo sabía que iba a morir esa noche pero me fui a casa porque estaba muy cansada y porque no estaba del todo segura de que fuera a morir seguro esa noche.
-Tú te fuiste a ver a Elena ¿te acuerdas? Te fuiste a pasar la noche a Zafra, a cenar y a dormir con ella; a beber cervezas y hablar de un montón de cosas porque hacía mucho que no os veíais. Ella murió de madrugada, te llamamos y pasaron a buscarte.
 
 


 
 
 


 



Ya no comía y dejó de beber. Llevaba días sin comer y murió de madrugada en la cama. Cuando dejó de hacer pipí, murió. Así se muere.


-¿Qué haces, escribir un cuento?
-Sí.
-Uno que te has inventado.
-Sí, como todos los cuentos.
-¿Sobre la abuela?
-Sí, sobre la abuela y la vida; y la muerte.





La muerte da de comer a una anciana su último almuerzo mientras le cuenta el cuento de su vida. Al terminar el cuento, la anciana muere.








.

 

 

¿Qué haces, escribir un cuento?






-Sí.

-Uno que te has inventado.

-Sí, como todos los cuentos.

-¿Sobre la abuela?

-Sí, sobre la abuela y la vida; y la muerte.


-Ya me dejarás leerlo... ¿Cómo se llama?
- La hierba más verde.

 

La anciana del cuento es mi abuela Eustaquia.








La anciana ha muerto. La imagen silenciosa muestra la habitación y al personaje en su silla de ruedas. En el plato, quedan aún restos de comida.
Ahora, la anciana está sola en la habitación donde la Muerte olvidó su guadaña.




-Pues vaya cuento más raro; ¿Y cómo dices que se llama?
-La hierba más verde.
-¿Y habla de la abuela?
-Y de otras cosa, mamá. No sólo de la abuela.
-Ya, pero es muy raro ¿no?

 

Eustaquia De Miguel murió la madrugada de un miércoles de abril como un pajarito.

 

Con el tiempo dejó de moverse tanto, de hablar tanto y de dar la murga. Al final casi ni daba la murga, ni se levantaba de la cama; casi ni te veía.
Sólo pedía besos.




Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca,





El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla.

 

La abuela murió metida en la camita de la residencia de ancianos. Mamá no estaba y yo tampoco. Llamaron por teléfono y fuimos a verla. Tenían su ropa guardada en bolsas de basura. Dos bolsas grandes llenas de combinaciones, camisas y lanitas que escondimos para que mamá no las viera. Mamá no las vio aunque las tuvo delante.


 

Pues vaya cuento más raro; ¿Cómo dices que se llama?


-La hierba más verde.

-¿Y habla de la abuela?

-Y de otras cosa, mamá. No sólo de la abuela...



-Ya, pero es muy raro ¿no? La hierba más verde ¿por qué? Si es raro hasta el título. No sé: yo sólo digo eso. Es como un sueño ¿no?, por lo raro, digo, y no creo que nadie quiera publicarlo porque, la verdad, no se entiende.

-¿Crees que no se entiende?

-Yo no entiendo mucho, no. Ni se me parece a la abuela en nada.
-Ya.
-Ni sé por qué se llama la hierba más verde.  Qué título más raro, joé.

 

-¿Estás bien, mamá?
-Estoy muy triste hija.
-Esto es Andalucía ya. Cambió un poco el paisaje, ¿te das cuenta?
-Sí, mi vida.

 

Mi abuela, cuando quería algo o algo le molestaba, nunca decía las cosas de frente, daba un rodeo. Normalmente lanzaba una indirecta directísima que te dejaba clarito de qué iba su queja o demanda. Ella decía: el viento me pone la cabeza loca, niña; y eso significaba que yo debía cerrar la ventana de inmediato. A veces me hacía la loca para probar sus fuerzas y ver si conseguía que dijera directo lo que quería. Me hacía la loca, me hacía la que no se enteraba y no cambiaba ni un ápice la trayectoria de nada. Sin embargo ella tampoco cambiaba la trayectoria de nada, nunca la manera que tenía de decir lo que quería o le molestaba; lo que sí que hacía, si hacías que no te enterabas a la primera era repetirlo hasta la saciedad, hasta que por fin entendías, hasta que por fin te rendías, había una respuesta y cerrabas la puñetera ventana.


Yo a veces hasta echaba humo por la nariz pero a ella le daba igual. Era metódica e impasible en eso. Era un guerrero.

 

Miro hacia atrás y los veo. Les veo las cabecitas. Les veo las dos cabezas y les saludo con la mano.



Anselmo conduce el coche que va detrás del de papá. Julián va de copiloto y está dormido. Seguramente vaya hasta roncando porque es el peor copiloto de la historia.




 

Tengo ganas de fumarme un cigarrillo.

-Papá ¿vas a parar?
- Sí, madre. Paramos a tomar un cafelito y así mamá y tú podéis fumar.
-Bien.
-En un ratino...

Tengo muchas ganas;
tengo ganas de fumarme un cigarrillo. Aún no he dejado de fumar y tengo ganas. Me fumaré un cigarrillo con mamá cuando paremos.



La abuela murió metida en la camita de la residencia de ancianos. Mamá no estaba y yo tampoco. Llamaron por teléfono y fuimos a verla. Tenían su ropa guardada en bolsas de basura. Dos bolsas grandes llenas de combinaciones, camisas y lanitas que escondimos para que mamá no las viera. Mamá no las vio aunque las tuvo delante.

-¿Tienes fuego, mamá?
-En el bolso, espera.

 

La abuela murió metida en la camita de la residencia de ancianos. Mamá no estaba y yo tampoco. Llamaron por teléfono y fuimos a verla. Tenían su ropa guardada en bolsas de basura. Dos bolsas grandes llenas de combinaciones, camisas y lanitas que escondimos para que mamá no las viera. Mamá no las vio aunque las tuvo delante.

 

Quedan tres pueblos. Tu madre muerta es un agujero en el pecho.

 

-----¿Mamá, cómo se deletrea madre?
¿ M a m á , cómo se deletrea   m a d r e ?
Después de comer y unos minutitos de siesta, ella siempre quería que bajáramos a comprar helado de vainilla pero nunca nos lo pedía. Nunca lo pedía directamente. La abuela preguntaba: ¿No os apetece un helaíto? Y nosotras nos reíamos por lo bajini, sin contestarla (directamente) y ella repetía la idea de forma distinta. Algo como:... Pues a estas hora lo que apetece es tomarse un helaíto ¿verdad?; de vainilla, qué rico, como los que ponen ahí abajo... en tarrina pequeña.
·         ¿Sin cucurucho, abuela?
·         Sin cucurucho, en tarrina pequeña con cucharita. Comprarse ustedes lo que queráis también. El de vainilla están riquísimo.

Después de aquello y una moneditas en la palma de la mano, Marta y yo bajábamos a por los helados. Solo recuerdo la vainilla. Yo siempre como helados de vainilla. Ella comía helados de vainilla en tarrina pequeña con cucharita. Se sentaba en la esquina del sofá y comía cucharaditas hasta rebañar la tarrina, hasta que quedaba blanca como antes de meter el helado de vainilla.








¿Qué haremos?


-Enterrar a tu abuela.

-¿Y luego?

-Luego, comer todos juntos cerca de casa de tío Manolo.

-¿Nos volvemos hoy a casa?

-Seguramente.
 
 



 
-Mamá ¿porqué la abuela no cantaba?
-Porque no cantaba bien, como yo, que tampoco canto bien. No tenemos oído.
 
Porque prefería hablar, prefería contar cosas, saber cosas, enterarse de cosas.



 
 
 


 
-¿Qué haremos después de enterrar a la abuela, papá?
Después de enterrar a la abuela vamos a comer todos juntos unas tapitas, un salmorejo, unas cervecitas... cerca de casa de tío Manolo y luego Dios dirá. Si mamá quiere nos volvemos a casa y si no, nos vamos a la playa unos días a descansar.
Mamá estará triste un rato más.


·         La abuela murió de vieja, papá.
·         Lo sé. La abuela murió de vieja pero es su madre. No importa que fuera de vieja porque es su madre y la echará de menos igual porque es su madre, hija.
·         Lo sé.




La enterraremos en el cementerio de Sevilla a toda luz, junto al abuelo. Caminaremos por los jardines hasta la tumba del abuelo y allí la enterraremos, calentita. Le diremos adiós y volveremos al coche. Le podremos flores el DíadeTodoslosSatos. Volverán los días de todos los santos a ponerle flores a su tumba y no la encontrarán más. Quedará perdida en el cementerio.
Tarde o temprano la abuela será ceniza como siempre quiso.





Después de un rato,
ella dijo un día: “Yo quiero ser una niña pequeña y que mi madre me cuide”;
Pero ya no era una niña pequeña nunca más.





A veces me pasa en el coche pero nunca tanto como en avión: siento una calma total. En avión siento una calma total, como en pocos sitios. El avión me da una sensación de “afuera”, de ausente, de “no molestar” como ningún letrerito del mundo. Allí arriba sueltan ese gas soporífero. Ése que te deja dormida las once horas de un vuelo largo, las dos horas de vuelta a casa. Y yo duermo; me duermo como yo sola, como mamá en cualquier parte, como Julián en cualquier parte,
como sólo ellos dos, el tiempo entero que dura el viaje.


La abuela en cambio casi no dormía, dormía muy poco; era como una pajarito, una pajarita siempre corriendo de acá para allá. Dormía con un ojo abierto. No dormía nada. Mi abuela bonita que murió de vieja casi ni dormía. Y le encantaba montar en coche como a mí pero despierta; de copiloto, como a mí pero despierta. Le encantaba que mi madre la llevara de paseo en el asiento de copiloto del Pandina y se ponía el cinturón nada más subir e iba tiesita. Ella nunca se bajaba del coche, la esperaba dentro mientras mamá hacía algún recado; y si aparcaba mal, la abuela estaba allí, sentadita y encantada, para decirle al poli que mamá venía pronto, que ni dos minutitos de nada tardaba, que no le pusiera multa.

A veces no se ataba el cinturón porque se le olvidaba y una vez volvió a casa con un chichón en la frente porque, al frenar mamá, ella se dio de bruces contra el cristal. Pobrecita, como un tentetieso, menudo chichón le salió; pero igual le daba: volvía a subirse en cuanto veía que mamá iba a hacer recados por la mañana en el Pandina blanco. A veces remojaba la dentadura postiza en el vaso de Bitter Kas porque le parecía que estaban más fresquitos.

 



Hacer un viaje con papá es parar cien veces. Es salir de casa a la carretera y parar cada poco a tomar un café, a desayunar, a tomar una tapita, una cervecita, a hacer pipí..  .A hacer pipí siempre, a eso siempre se para porque él toma diuréticos por lo del corazón, por lo de la diabetes, por lo del corazón tan grande; y, nada más salir de casa, se para cada poco.
Él dice: Pedidme un café que voy a baño... Y luego vuelve enseguida y se lo bebe de golpe, tan rápido que a mamá no le da tiempo nunca a terminarse el cigarro tranquila.


·         Vamos-dice. Vamos, niñas.



Vamos de viaje pero esta vez no paramos casi.




·         ¿Tienes fuego, mamá?
·         En el bolso, espera.

 

A mí me cuesta acomodarme y cuando por fin lo hago siempre hay que parar. “Eres un culo inquieto, niña”-me dice. Siempre me dice: Es que tú eres un culo inquieto, es que como tú eres un culo inquieto..., no puedes ser un culo inquieto siempre...
Casarse, tener hijos, verlos crecer, pintar, pintar, pintar. ¡Qué cosas tan bonitas escribes a veces! ¿sabes?


;pero eso que estás escribiendo sobre tu abuela, no sé yo... “Te quiero más que a las pesetas rubias.

 

Ahora voy a poner yo mi música, Olallita, que a mí esto no me gusta.
-Vale, Papá.

 

“Ya casi estamos. No queda nada”, dice papá, y le acaricia la mano mientras sujeta con la otra el volante.
Ya casi estamos, mi vida, le dice.
Mamá abre su bolso y saca de ahí la carterita vieja de la abuela. La abre también y mira las estampas; y las fotos que guardaba dentro. Mira, me dice y yo las miro en silencio.
La cartera estaba vacía; hacía tiempo que no tenía dinero. Ni un duro, se quejaba ella y entonces mamá le daba algo suelto y Julián le traía una Coca-cola de la máquina. Le encantaba la Coca-cola. Los niños pensaban que era el líquido, de hecho, el que la mantenía con vida. Le encantaba la Coca-cola y tener dinerito en su monedero, aunque allí no pudiera gastarlo, aunque allí no tuviera donde gastarlo. Pero así cuando los jueves venía la peluquera y la callista, ella le daba una propina y se quedaba tan contenta.
Mamá le daba unas monedillas sueltas como hacen las mamás con los niños; como hacía ella conmigo hace ahora con su madre, ¿qué cosa no? Perdón, hacía entonces con su madre, ya no lo hace porque está muerta y a dónde ha ido sí que no lo necesita ni un poco.



Ya no quería ni unas moneditas para que le sonara el monedero, para darle la propina a la peluquera y al callista. Ya sólo quería besos.

 

Mi abuela, su monedero, sus pies flacos, sus piernas, sus andares; Mi abuela, que en un tiempo podían comerse cualquier cosa  -menos pajaritos porque los vio un día hurgando entre cacas-,  al final no comía  nada. Así se quedó, consumida y con ganas de irse.
Nunca dijo que quisiera irse pero decía: “tengo sueño, estoy cansada, tengo sueño, niña”. Eso  lo decía todo el rato. Ella que era la última en acostarse en su casa y hacía pulsos a dolor a ver quién aguantaba más; y siempre era ella la que aguantaba más y uno se iba a la cama primero dándole las buenas noches abuela, que descanses, hasta mañana; y ella apagaba la tele, la luz, se echaba crema, se dormía a tu lado; y si roncabas, mejor, porque  le recordaba al abuelo y dormía seguido.

Si llegaba a casa tan tarde, la encontraba en el salón viendo porno, dormida, pero con el porno puesto en la tele y, al oírme entrar, se hacía la despierta.
Viendo porno, mi abuela, a las cinco de la mañana, como lo leen. Eso hacía.

 

Viendo porno del malo, del que ponen a esas horas; porno para insomnes, que se tragan cualquier cosa a esas horas. De ese porno que nadie quiere ver: sólo los insomnes y mi abuela, por no acostarse antes.






 

Hacía mucho que no iba a Sevilla un Jueves Santo, de madrugada casi viernes, pero ella, tan oportuna la pobre, nos hizo volver hoy Jueves Santo, a la ciudad. Sevilla estaba a rebosar, las calles llenas, las plazas. En la puerta de las iglesias se acumulaba la gente en tropel para ver salir el paso, para verlo entrar y los primos orillados delante de la multitud, pidiéndole unas gotitas de cera a los cirios de los nazarenos para hacer la bola más grande, para mezclarla de colores y tiempo. Fuimos a enterrarla hoy Jueves Santo. El cementerio olía a azahar, a cera, a incienso; bacalao y mantilla.
El sol pegaba tan fuerte que los cipreses ni daban sombra.

 

Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida, Tomerremejía, Almendralejo, Villafranca, Fuete de Cantos, Calzadilla, Monesterio, Santa Olalla, El Ronquillo, Las Pajanosas, Santiponce y Sevilla. Mérida,



Ella en verdad siempre quiso que la incineráramos y al final la metimos bajo tierra, junto al abuelo, calentita. Creo que fue un asunto de comodidad más que otra cosa y porque justo cayó en Semana Santa, en Jueves Santo, en Sevilla. Así que no cumplimos con su última voluntad y una de estas noches vendrá a alguna de nuestras camas a tirarnos de los pies. Por ello, a eso de las tres de la mañana vendrá una noche la abuela a tirarnos de los pies; pero es que no se puede todo, mujer.

No tires fuerte, si eso. No des mucho susto: sé buena, anda. Todo no se puede, mujer y era un lío tremendo quemarte y luego, además, ¿qué hacíamos con la cenizas? ¿Qué hace uno con las cenizas de su abuela cuando no tiene costumbre de quemar a la gente?

¿Las tiramos al mar?

Así está el mar de sucio, dice mamá, todo llenito de muertos...

 

Si cuando la llamo hoy, para ver cómo está, me larga rápido, es que está a punto de acostarse y no tiene ganas de hablar; es que está triste, repiada de todo y quiere estar sola. Otras veces no le pasa pero cuando sí, la que se pone triste y se preocupa soy yo. Sólo tiene que decir “hola” al teléfono y yo ya sé si le pasa o no le pasa. Es lo que tiene la voz y no la letra; y no el papel. Entonces, la dejo sola, aunque no mucho y, sobre todo, aviso a los demás; para que lo sepan.

La tristeza cansa, mire usted, cansa mucho a quien la sufre y a quien la observa a partes iguales y ahí todos encontramos respuesta; Tras la reflexión, tendremos la respuesta. Cuando uno está muy cansado, mejor se acuesta, así no da más la murga.
 
Pero no hay que dejar que la tristeza se instale, por mucho que sintamos que hubo cosas que se quedaron sin decir, sin arreglar, sin hacer; por mucho que echemos de menos nunca hay que dejar que la tristeza se instale. Eso creo.



La hierba más verde es, antes que nada, una voz, la voz que escuchamos nosotros y que escucha la abuela.



¿Qué significa para ti una boca?



 

El cementerio estaba lleno de sol también. Mamá y sus hermanos iban delante, todos los demás detrás.  Tú no sé:
 “En el hoyo”;
Si al final me vais a meter en el hoyo...


 


La fuerza del agua del pozo se pierde cuando aparece el desierto, la del desierto cuando aparece la cueva, la de la cueva, cuando el reino se vuelve húmedo y frondoso; nos sometes  a una historia trepidante, sin tiempo.



Princesa, agua del pozo, elefante, gitana, desierto, voces, cueva tres toques, palabras mágicas, mapa, fronteras, montañas, valles, reino húmedo y frondoso, futuro, destino, echar raíces, enamorada...

¿Qué es para ti una boca?

 

Pasarán los años y nos abandonará a todos. Se irá un poco contigo y nos dejará huérfanos. Ella se quedará en el limbo, el limbo, que sirve para todo. Allí se quedará largo y volverá  para ver cómo andamos.
¿Cómo estás, mi vida? -preguntará a veces.
Gemirá por noches.



.



Luego papá y los niños y yo estaremos tan contentos; el tío Manolo, el tío Anselmo...
Estarán tan contentos… Entonces...



Fuimos a enterrarla hoy Jueves Santo. El cementerio olía a azahar, a cera, a incienso.




***

La anciana ha muerto. La imagen silenciosa muestra la habitación y al personaje en su silla de ruedas. En el plato quedan aún restos de comida.



Ahora la anciana está sola en la habitación donde la Muerte olvidó su guadaña.

***


El sol pegaba tan fuerte que los cipreses ni daban sombra.


[1] Bordelois, 2005
[2] Op.Cit.
[3] Pequeño desayuno
[4] Una niña cualquiera se frota los pies mientras espera a su abuelo. Sentada en el sillón de la salita, piensa que por fin va a estrenar sus zapatos rojos; que por fin alguien se los compró y que, por eso, se siente tan contenta. La niña se frota un pie contra el otro, enfundados los dos en unos zapatitos rojos de piel vuelta. La niña está contenta además porque hoy su abuelo la llevará a subirse a las calesitas que en primavera montan en su barrio.
 El abuelo está en el baño, frente al espejo. Se está afeitando, se observa y acicala lento. Se limpia los restos de espuma que se le quedan por la cara, cerca de la barbilla. Se echa loción para después del afeitado, se pone la camisa y luego la llama desde allí.
 La niña se acerca y se apoya en el quicio de la puerta. La niña está bonita con ese vestido, preciosa —piensa él. La niña está radiante: le gusta su aspecto y hoy su abuelo va a llevarla a montarse en las calesitas.
 En este momento, ambos van de la mano. Caminan por la calle cogidos de la mano, cruzan de acera y avanzan en línea recta hacia el parque. El abuelo huele a colonia de hombre. La niña anda con cuidado para no mancharse sus zapatos nuevos con el alberito que hay en el suelo. El abuelo le acaricia el pelo mientras caminan porque la quiere.
La niña canta en voz alta. La niña canta canciones que los mayores le enseñaron y no son mucho de niña pero aún así las canta a grito pelado. El abuelo sonríe y no le pide que se calle. En cambio, le aprieta fuerte la mano para que no se pierda y le pregunta si es la primera vez que va a subirse a las calesitas. Ella le contesta que sí, que es su primera vez pero que ya las ha visto por la ventana del autobús un día y que le parecieron chulísimas.
 La niña tiene seis años; el abuelo setenta.
 Los dos van en línea recta hasta llegar al parque, cogidos de la mano. El parque  les llega pronto y de frente: tiene luz y música de fondo. Las calesitas son de hierro amarillo y dos de ellas  son muy altas. Muy, muy altas —se preocupan.
 La niña prueba tres pero disfruta solo una, la más segura. Aun así siempre sonríe; aun así, sigue emocionada y saluda a su abuelo desde abajo.
La niña siente que la altura es demasiado alta, siente el vacío bajo sus pies. La niña descubre que siente miedo a las alturas en movimiento. Años después sabrá que esa fobia se desarrolló por herencia genética. A la niña le tiemblan las piernas y siente miedo por primera vez. La niña pierde en la última atracción uno de sus zapatos rojos. Su abuelo la saluda desde abajo.
 El abuelo la recoge en volandas, la monta en el cuello y la lleva así hasta la puerta de casa, luego la baja. El abuelo le pregunta si lo pasó bien y la niña sigue radiante para él. El abuelo aún huele a colonia de hombre cuando ya están a salvo en casa. El abuelo descansa en paz porque no se perdieron y será una de las últimas veces que no se pierdan.

Tras esa primera, la niña vuelve a las calesitas cada vez que vuelve a Sevilla. Irá acompañada de su abuelo y jamás le reconocerá que siente miedo aunque lo siente. La niña irá unas cinco veces más a las calesitas y luego se hará mayor.
 Antes de crecer del todo, su abuelo morirá.
 El abuelo sufre desde hace tiempo las primeras fases de una enfermedad llamada Alzheimer de la que aún poco se sabe, de la que nada se sabe. El abuelo comenzará a perderse, a no saber donde se encuentra; el abuelo comenzará a olvidar de a poco y a veces, bruscamente, no sabrá de pronto el lugar donde se encuentra, ni sabrá quién es.
 El abuelo perderá la memoria de forma enfermiza; ella irá forjando la suya propia a base de recuerdos construidos. La mayoría de esos recuerdos serán hermosos a pesar de las circunstancias. Nunca olvidará nada, nunca querrá olvidarse de nada por malo que sea y lo acaudalará en su inmensa memoria.
 La niña desconoce el futuro de su abuelo. La niña desconoce su presente hoy. La niña es todavía una niña y finge haberse divertido para dar placer. El abuelo, en estados de lucidez, la querrá mucho. La niña lo recordará siempre y alguien le contará, unos años después, que su abuelo se cayó por el balcón.
Tiempo después, la niña sabrá que su abuelo no se cayó por el balcón y nunca recuperará su pequeño zapato rojo. La niña a los veinte años se comprará unos zapatos rojos de tacón que le quedarán pequeños pero, aún así, se los pondrá un par de veces, incluso para follar. Luego, los abandonará en una caja. No volverá a montarse en las calesitas, nunca nadie volverá a llamarlas ca-le-si-tas nunca más; ni mi niña bonita preciosa, si no es para burlarse.

[5] Canción popular mejicana que Papá cantaba en el coche. Como oyen los niños las cosas que no conocen -como relaciona el ser humano las cosas que le suenan-, Guadalajara es para mí el lugar de nacimiento de mi abuela, el sitio por el que paseó sus piernas bonitas.
[6] Así era como la cantaba mi padre en el coche.
[7] Bordelois, 2005
[8]  De Enrique Banchs, Balbuceo
[9] Fina estampa

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