Juan, sentado sobre la cama, le pide a Dora que se acerque y que se quede de pie justo delante.
Juan quiere hacerlo por turnos, de modo que se toma su tiempo. Primero, agacha la cabeza y habla con su precioso coño -el precioso coño de Dora-. Lo despeina y le susurra una frase, mientras la rodea con ambas manos. Luego se despide de él con un beso que nadie sabe. La voltea, acaricia sus nalgas y les cuenta un secreto en voz baja. Dora, curiosa, gira la cabeza hacia atrás pero no escucha nada claro. Sólo eses. Dos segundos más tarde, Juan sienta a Dora sobre sus rodillas, le muerde el labio inferior, aparta su pelo de un lado y le cuenta algo al oído que ella no recuerda. Por último, Juan se levanta y sale de la habitación. Dora, confusa, se deja caer a peso muerto sobre el colchón desnudo.
Dora y Juan no se vuelven a ver.
Así es la literatura.
Site de la mañana. Dora se levanta. Ayer por la noche tardó en conciliar el sueño: una mezcla de estupor, poquedad, invalidez y algo como una sorda rabia en ciernes se habían juntado para covertirse en una especie de grandes tenazas, como de terciopelo duro y con olor a polvo, que le le apretaban el pecho.
Dora se levanta. Se ducha. Abre el frigorífico y saca la lata de aluminio del café aquél, el Illy, que le había regalado Ugo, ese italiano tan apuesto y tan inútil. El café, el café aquél, estaba bueno. Éste es del Starbucks, se lo muelen allí y lo conserva en el frigorífico para que no pierda el aroma.
Dora prepara la cafetera, la moka. Y se queda fija mirándola. Aún atontada.
El olor del café que sale de la moka le llega de golpe, como un guantazo dado del revés, un manotazo a traición, un papirotazo olfativo y anímico.
—¡Cabrón hijo de la gran puta! — exclama a repetición
— ¡Cabrozazo de mierda! ¡un flojo es lo que eres, mamón de mierda, so cabrón!
*Dora decide que esta tarde va a llamar a Ugo. Y que lo lo follará.*
Así es la vida.