Era un niño malo, más malo que nada. Más malo que la quina. Tan malo que era imposible aplastarle el pelo de la coronilla ni con agua y azúcar.
Le llamaban bicho -bicho malo- por no decirle demonio o cosas mucho peores porque aún era chico y no querían condicionarle. A él igual le daba. Iba tatuado de cuerpo entero con hoyos de chinas, marcas de ramas, puntos -piedras más grandes- restos de rubéola y varicela (porque las pasó todas de malo malísimo que era y ni por ésas se volvió bueno).
No tuvo en su vida una idea sana y todo lo que hizo y deshizo acabó en drama. Sin embargo, como la mala hierba, sobrevivió a su infancia, pasó el tiempo y se hizo grande y mayor. Pero siguió siendo malo todos los días. Sin descanso.
Le llamaban bicho -bicho malo- por no decirle demonio o cosas mucho peores porque aún era chico y no querían condicionarle. A él igual le daba. Iba tatuado de cuerpo entero con hoyos de chinas, marcas de ramas, puntos -piedras más grandes- restos de rubéola y varicela (porque las pasó todas de malo malísimo que era y ni por ésas se volvió bueno).
No tuvo en su vida una idea sana y todo lo que hizo y deshizo acabó en drama. Sin embargo, como la mala hierba, sobrevivió a su infancia, pasó el tiempo y se hizo grande y mayor. Pero siguió siendo malo todos los días. Sin descanso.