La llamaban Corita porque a pesar de sus cuarenta y muchos seguía teniendo cara de niña. Ahora regentaba una librería del centro, de la que por fin era propietaria, después de que el dueño se jubilara y decidiera venderla a un precio justo.
La tenía preciosa, Había pintado las estanterías de crema, colgado cuadros y comprado un orejón con un tapizado de listas rojas.
Ella estaba feliz porque, desde que la librería era suya, se había permitido, además, un generoso expurgo y la posibilidad de comprar algún libro de viejo para la sección de novela. El intercambio siempre le pareció interesante.
Sin embargo, la pobre Corita morirá mañana atropellada en la calle principal por un autobús de línea y no habrá vendido un sólo ejemplar en su corta carrera de librera.