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martes 17 de noviembre de 2009

Tu Teresa

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Las arañas son numerosas en nuestro planeta. Habitan y se adaptan a todo tipo de temperaturas y humedades. Parece que, menos en la Antártida, campan a sus anchas por todo el mundo.
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Estas pequeñas depredadoras, clasificadas en más de 38.000 especies distintas, se sirven del tacto y el olfato para capturar a sus presas de forma activa. Tras atraparlas, las arañas no se comen enteras a sus víctimas sino que les inyectan su veneno y, una vez paralizadas, entonces les administran jugos digestivos propios que las convierten en papilla de bicho y que tragan después. Algunas cazan al acecho y otras tejen redes.
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La seda que producen para desplazarse y crear su tela está compuesta de proteínas. El fluido que segregan sus glándulas se solidifica al contacto con el aire y se transforma en fibra. De ella se sirven para enredar a sus capturas, moverse o, incluso, reproducirse.
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Katita ha tejido el charco para hacerme compañía. Aún no sé si pica.


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http://www.kikkerland.com/prod/1578.htm
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viernes 13 de noviembre de 2009

Tengo una imagen muy loca en la cabeza. Creo que es un recuerdo de la otra noche ¿no, Fernandito? Tú estabas sentado a mi lado así que debiste ver lo mismo que yo.

Una pista de baile desolada. M en medio de ella, como un tente-tieso, con una copa en la mano y sin saber muy bien si acercarse a la barra, en la que ya no había camareros pero MA y E esperaban a ser atendidas..., o agarrarse a la fila de cuatro que corrían en diagonal de un extremo a otro de la sala.

Durante la media hora que dura mi visión, M permanece tal cual -indecisa, inmóvil-, a excepción de un tímido vaivén casi inapreciable que la mantiene en equilibrio. De pronto, aparece D en escena. Lleva una silla de la mano derecha y una copa de ron en la otra. D sí baila al ritmo del swing ultra rápido que suena de fondo. Baila con su silla como compañera. Hace un paseillo de claqué en línea recta delante del público -Fernándito y yo- hasta casi tocar la barra situada al otro extremo ( sin derramar ni una gota). Se detiene. Luego realiza el recorrido inverso, bailando igual con su silla, sin apreciar que el grupo de cuatro soldados se aproxima por detrás. Antes de ser derrumbado, posa la copa sobre el cojincito de la silla y se marca un nuevo baile, ésta vez en solitario, esquivando la avalancha humana que se le avecina. Los cuatro chocan contra la silla. Uno de ellos, el más alto, sostiene al resto de la fila y tiene lumbago. La silla no se cae al suelo pero la copa sí. Estalla. Dos minutos después, D vuelve con su baile. Mira la silla y hace que se bebe de un sorbo la copa imaginaria, en realidad, derramada sobre el suelo.

Se acaba la canción y apagan la luces. M aún no ha decidido qué hacer y ya no tiene tiempo. Fernando y yo nos incorporamos y andamos hacia ella. La agarramos cada uno por un brazo y le decimos: "Anda, guapa, vámonos a casa que ya cierran".

Afuera, la luna da tanta luz que parece estar amaneciendo.
Extremadura tiene cielos bonitos en otoño.

jueves 5 de noviembre de 2009

¿Que me fugue contigo?


Que me perdone la verdadera protagonista de esta historia pero yo ya la he contado tantas veces que es más mía que suya (lo siento pero así es). De modo que si en algo no se respeta el curso real de los hecho, quiero que se entienda desde el cariño y la pasión por contar historias ajenas como si fueran de uno.

Además, en realidad, es que yo estuve allí.

No sé por qué en aquella época nos gustaba meternos debajo de la cama cuando de confidencias se trataba pero así hacíamos siempre y era de lo más incómodo.

Yo había heredado una cama antigua de forja de mi abuelo y que tampoco sé por qué ahora está en la habitación de mi hermano A pero, entonces, aún era mía y lo sufcientemente alta como para acogernos a las tres bajo su cobijo y discreción. Los faldones nos tapaban, M sostenía el teléfono de plástico que mi padre me había regalado como señal de que el verdadero, el de casa (desde el que se podían hacer y recibir llamadas reales), no lo tocaba más ni para llamar a urgencias. M, como digo, sostenía el teléfono de mentira con una mano y se atusaba el pelo con la otra.

-Venga, tía, dinos quién te gusta.
-¿Qué? ¿Que me fugue contigo?
-Pero ¿con quién hablas?¿Quién te gusta?
¡Dilo!!!!!
-J: ¿Que me fugue contigo?
-J¿¿¿¿JJJJJJJJJJJ?????
-Sí, J, ¿Qué me fugue contigo?

Pausa y explicación:
J fue, cómo decirlo, mi primer novio en toda regla aunque en ese punto sólo éramos amigos y yo ni me imaginaba lo que el futuro nos deparaba. J es hoy novio formal de mi amiga Elena. J le ha gustado a casi todas mis amigas durante algún periodo de sus vidas y ese septiembre era M la que de aquella manera, bajo el prisma de una ficción mostrada a través de una conversación telefónica, nos hablaba de su enamoramiento.

-Mierda, M, te gusta J ¡No me lo puedo creer!
(ella, por supuesto, seguía con el teléfono pegado a la oreja: -Ay, J, ¿Que me fugue contigo?)
-Qué fuerte, tía.

Qué risa.

Pero entonces nos miró muy seria (apartó el auricular) y nos contó directa cuál era la duda, el por qué de su indecisión y el desencanto de un amor imposible a pesar de la propuesta de fuga más romántica de Despeñaperros pa abajo.

Resulta que el día que todos fuimos a recoger a Assela a la estación de autobuses, en un momento dado en el que no tengo la menor idea de donde estaba yo porque no lo recuerdo, ellos se sentaron en corro sobre el suelo: Juan Ignacio, Pilar, Chico, La pelota, Los niños... J y M. Mientras alguien hablaba, J se tiró un pedo gigantesco -sonoro, oloro- que hasta le hizo levitar un segundo. De seguido, hubo estampida, risas y desamor.

-Es que, tía, se tiró un pedo súper gordo ¡Qué asco!
-¡Qué guarro, tía!
-Sí, yo ya no me fugo.

Y colgó.

jueves 15 de octubre de 2009

Es insólito

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Dicen que el destino es incierto y sin embargo me parece que yo sigo una línea derechita y larga que me lleva, la mayor parte de las veces, a equivocarme, a confundirme, a dar vueltas y a pasar mucha mucha vergüenza. Así que mi futuro (que yo lo sé) estará seguro plagado de grandes momentos de bochorno. Me huele a que todavía quedan unas cuantas ocasiones más para hacer el ridículo ante la masa porque si hay alguna posibilidad inoportuna, aunque sea remota, la tendré.
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Eso uno, a los treintatantos y después de haber metido la pata en tropecientas ocasiones, lo tiene claro. De modo que lo que trata de hacer, de hecho lo único que puede hacer, es aguantarse con lo que toca y reírse a la vez que el resto cuando ese momento inevitable por fin llega.

"Tú sonríe, hija -me dice siempre mi madre- que el aparato nos costó una pasta y hay que amortizarlo". Y eso hago o eso hice cuando decidí ponerme el tanga blanco más pequeño de la historia debajo de un vestido blanco para la boda de mi primo Alfonsito y justo después de la cena, en la misma sala donde cenamos, alguien decidió encender luces de neon y yo me convertí en un tanga semipornográfico andante, ante los ojos atónitos de mi padre, mis tíos y mis veinte primos... Yo ahí me reí, no hubo otra. Como también me reí cuando aquel señor salió enfadadísimo de la piscina porque yo me estaba secando con su toalla (que por cierto era igualita a la mía), cuando el autobús frenó en seco y yo salí despedida por la puerta del baño con el culo al aire. Cuando el autobús al completo aplaudió yo me reí. Me reí cuando probé el mejor tinte del mundo, según aquella señora, y se me tiñeron la frente, las orejas y el cuello de negro absoluto horas antes de dar una charla, Me reí cuando me paseé por todo el centro con el vestido metido por la liga de atrás de las medias, cuando me reventó el pantalón en pleno grupo de lectura, cuando creí que las bolas chinas, que alguien guardaba en una cajita preciosa y cerrada sobre la mesa, eran unos pendientes enormes y me las coloqué por todas partes durante una hora, antes de darme cuenta y haber preguntado a viva voz y con insistencia sin suerte.

Me reí cuando nos metieron en cuarentena en La Gran Bretaña por no toser lo suficiente para que no pillaran al perro ilegal, cuando Ana se encontró una uña mía en el bolsillo de su abrigo...
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Cuando me caigo, todas la veces, me río a carcajadas por no llorar.

Me reí cuando en vez de salir corriendo. Me río de mí misma y me quedo allí sentadita, de pie o tirada. Menos mal que me he acostumbrado porque sin duda alguna es lo que me espera.

Mi destino sí está escrito.
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martes 6 de octubre de 2009

Pido la palabra

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Marcela me contó hace unos día que había leído en no sé qué libro (Marcela es maravillosa) que la palabra estaba amenazada de muerte. No me extraña en lo absoluto pero (como dicen los catalanes). Es terrible la palabra y su función comunicativa. Igual es que yo no la uso bien -quizás sea eso-. Estoy segura de que es eso, de hecho. Y que la mayoría de las veces hablo con las vísceras y uno no puede ir por ahí hablando y hablado desde lo que siente porque la emoción es pasajera, los recuerdos nunca se nos aparecen con la misma intensidad y al otro le llegan, la mayoría de la veces, de golpe y con fuerza (que desde las vísceras la palabra coge un impulso que no veas). El caso es que esa palabra que uno dijo porque sí, porque le salió así, al otro se le queda grabada a fuego y coño, ese mensaje no sirve de nada, no es sano y ni siquiera representa algo sincero y perdurable en un corto plazo de tiempo.

Otros lenguajes son más de fiar (pienso yo, qué sé yo, hablo desde mi breve experiencia y con la palabra): el corporal, por ejemplo. El tacto, el gusto, el olfato permiten comunicarse de manera más natural. Nada retorcida en la mayoría de los casos. Porque un puñetazo, un mordisco duele pero se va después de un rato y hasta se perdona. La palabra, sin embrago ¡Ay, la palabra!
Si está escrita mucho peor. A ésa no se la lleva el viento.

(Te abrazo) Pues claro que nos conocimos en otra vida ¿qué pregunta es ésa? Es retórica y tiene un sí como una casa detrás de ella. No hacía falta ni contestar.
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Era un niño malo, más malo que nada. Más malo que la quina. Tan malo que era imposible aplastarle el pelo de la coronilla ni con agua y azúcar.

Le llamaban bicho -bicho malo- por no decirle demonio o cosas mucho peores porque aún era chico y no querían condicionarle. A él igual le daba. Iba tatuado de cuerpo entero con hoyos de chinas, marcas de ramas, puntos -piedras más grandes- restos de rubéola y varicela (porque las pasó todas de malo malísimo que era y ni por ésas se volvió bueno).

No tuvo en su vida una idea sana y todo lo que hizo y deshizo acabó en drama. Sin embargo, como la mala hierba, sobrevivió a su infancia, pasó el tiempo y se hizo grande y mayor. Pero siguió siendo malo todos los días. Sin un sólo descanso.

Qué cosa ¿no?

domingo 20 de septiembre de 2009

La maqueta

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Papá estaba construyendo la maqueta sobre un lienzo de tres metros por uno y medio. Encima, en la esquina superior derecha, ya había colocado el castillo y un puente de piedra sobre el río. Ya le había dado forma a las montañas con papel de periódico y cola, y ahora nos regalaba un mar inmenso que se extendía más allá del borde y por el que se aproximaba un barco pirata. Luego habría naturaleza verde y tierra. Tendríamos soldaditos de plástico, vikingos de goma, romanos (siempre muchos, muchos romanos), caballeros, vaqueros, princesas, pitufos, galos, lavanderas y hasta la figurita del niño cagando que acompañaba también a los personajes del portalito durante las Navidades.

En el Mont Saint Michel, a un país y trece años de distancia, contemplando las playas del desembarco de Normadía me preguntaba dónde quedarían los romanos (¡Están locos estos romanos!!), dónde los castillos, dónde las clases particulares de arte en iglesias románicas - algo góticas- en cuyo interior siempre destacaba el artesonado de sus bóvedas -capiteles y columnas- visigodo. Restos de pinturas murales, acueductos, bem bem bem bem bem.

En el norte de España, a varios sistemas montañosos y veinticinco años de distancia, vuelvo al coche, a la música, a los templos, a las lecciones de arte y a nuestra maqueta: estoy en casa.

GRACIAS.

Y ya ni sé ni me importa dónde quedan los romanos, que están muy locos... estos romanos ¿verdad?

Om Shanti.
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martes 15 de septiembre de 2009

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Nací pequeño y sin mucho pelo. Nací con prisa entre mujeres bajas, altas, gordas, flacas y pechugonas. Me adoraron al instante por lo fácil que salí de ella y lo poco que lloré. "Este niño tiene cara de Bruno", dijo la matrona mientras me limpiaba. "Yo tuve un novio de joven que se llamaba así y era igualito: pequeño, calvo y sin lágrimas".

Aunque Nuria hacía un gesto con la boca de desaprobación, mi madre decidió para sí, en ese mismo instante, que Bruno era una buena opción, de modo que, desde entonces, todos por aquí me llaman como al novio de Marcela. La señora que hizo de matrona en el parto de mi madre y me bautizó, además fue quien me alimentó con su leche natural durante casi dos años. A Marcela le sucedía algo muy raro: cuando una mujer de las del circo daba a luz, ella comenzaba a acumular leche en sus pechos y, al final, era tanta la que almacenaba de cada vez que acabó por criar a todos los niños que andábamos por allí.

Yo no lo recuerdo bien pero corre el rumor, entre quienes la han probado y se acuerdan, de que la leche de Marcela sabe a hierbabuena. Dicen además que eso le pasa por culpa de otro de sus novios, el moro, un marroquí lanzador de cuchillos que trabajó en el circo durante tres años y medio. El moro la tenía loca de amor y no hacía más que beber té con hierbabuena y azúcar. Se le pudrieron los dientes y se marchó del circo porque dejó de quererla. Marcela se quedó trisitísima y, desde entonces, su leche materna adquirió esa peculiaridad. Pero nunca tuvo una queja y siguió amamantando casi sin pausa hasta el día de hoy.

Mi madre la pobre no podía hacerlo, estaba seca del cansancio; de tanto ensayo, vueltas y tensiones. Ella era trapecista.
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domingo 6 de septiembre de 2009

Happy Ending

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-No, al final no voy a ir. Ven a casa pronto que tengo una sopresa para ti.

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sábado 29 de agosto de 2009

Para Elisa

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A él le gustaba jugar al fútbol. Le gustaban Los Kinks y Elisa.

No sabría decirnos en qué orden exactamente le gustaba qué cosa pero lo cierto es que las tres le gustaban mucho.

Jugaba al fútbol en la plaza con sus amigos del colegio, en el patio, durante el recreo y, a veces, también jugaba en el jardín de casa con el tío Pepín cuando al tío le apetecía darle un rato al balón. En ésa, él siempre hacía de portero.

Escuchaba a los Kinks en su cuarto desde que Los Reyes le habían traído su primer tocadiscos. Solía hacerlo cada mañana al levantarse y después de comer los sábados y los domingos. No le gustaba tanto "You really got me" o "Lola" como "Sunny afernoon". Ese tema le chiflaba. Y lo ponía a sonar una y otra vez hasta que su madre le gritaba desesperada desde abajo: - ¡O cambias de canción o me vuelvo loca, niño!

Entonces él levantaba la aguja del vinilo y la posaba con cuidado en el apoyo. Le daba al botón de off, cerraba el pestillo de la puerta de su cuarto y se tumbaba sobre la cama. Una vez colocado con un par de cojines bajo la nuca sujetando la cabeza, se desabrochaba la bragueta del pantalón y metía la mano derecha dentro. Se tocaba, las primeras veces, sin saber muy bien a dónde llegaría con eso.

En aquel momento, no pensaba en el fútbol ni en los Kinks y mira que le gustaban. Allí, sólo pensaba en Elisa.
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